CRÍTICA DE PACO VARGAS AL DISCO DE JUAN PINILLA

JUAN PINILLA: LUMINOSA LÁMPARA MINERA

Después de algo más de un año de haberse alzado con la Lámpara Minera, máximo galardón que premia al mejor de cada edición del prestigioso festival de La Unión, Juan Pinilla se presenta en el mercado discográfico con un disco titulado “Juan Pinilla. Lámpara Minera”, el primero en solitario que nos entrega el joven cantaor, granadino de Huétor-Tájar, a modo de justificación de su valía; pero también para dejar constancia de que el premio obtenido en el XLVII Festival Internacional del Cante de las Minas fue merecido y justo. Ambas premisas quedan demostradas sobradamente, por cuanto el artista, siendo presente palpitante y comprometido con su tiempo, se recrea en el pasado rindiendo tributo hermoso, humilde y honesto, a los mejores recuerdos cantaores tanto en estilos como en voces, antiguas de sabiduría, pero también a la Granada que mira más alto que el Darro y refleja su dignidad flamenca en el esplendente fuego del palacio rojo, testigo insondable del mejor cante jondo granadino.
Si en más de una ocasión hemos citado a Juan Pinilla por su línea estética, que huye de los superfluo sin caer en lo rancio, no ha sido por mero capricho ni siquiera por afinidad absoluta en los gustos, sino porque siempre vimos en él la persecución de lo imperecedero, la búsqueda de la dificultad de lo verdaderamente valioso frente a lo efímero de la gloria, el objetivo de la verdad en la nebulosa que envuelve el arte flamenco actual, que sabiendo de dónde viene no alcanza a saber con certinidad hacia dónde va. En eso, nadie puede achacarle a Juan Pinilla alguna desviación obscena del arte con el que expresa sus más íntimos sentimientos. Ni en eso, ni en la honradez con que encara su trabajo como cantaor. Este disco es prueba palpable de lo dicho.
La poesía de Ramón Gaya y José Hierro pone letra a un cante por bulerías –arregladas melódicamente como una balada amorosa-, característica que se repite a lo largo del disco en cuatro temas más: las cantiñas, con versos de Ángel González, la granaína (Manuel Benítez Carrasco), los cantes abandolaos (Ángel Ganivet y Francisco de Icaza[1], que no aparece en los créditos) y los tangos (Atahualpa Yupanqui y Armando Buscarini).
Si la mariana es una lección de nostalgia revolucionaria de la mano del cantaor Paco Moyano, cuya letra sigue teniendo hoy más vigencia que nunca; los cantes mineros (murciana al estilo de Manuel Ávila y mineras) tienen la frescura del directo, pues están tomados de las grabaciones del festival el año de su triunfo.
El ajustado compás de las cantiñas ayuda a la emoción añadida de los versos del poeta asturiano fallecido en enero de 2008. La granaína, que recuerda a Tía Marina Habichuela, da paso a los fandangos granadinos de ritmo abandolao. Y tras las mineras, con las que ganó en La Unión en agosto de 2007, los “tangos paraos del camino” en los que ayudado por el conocimiento y la voz de María “La Coneja” y la estética musical de Enrique Morente, que bebe de la antigua salve de los gitanos sacromontanos, nos deja testamento de lo que nunca más será.
Las temporeras de Montefrío -homenaje a Rogelio, cantaor aficionado que murió siendo joven, pero que nos dejó una versión grabada en el disco “Mosaico de los Cantes Granadinos”, editado con motivo del XI Congreso de Actividades Flamencas (Granada, 1983)- y las soleares que cultivaron Manuel Celestino Cobos “Cobitos” y José Martín Berrio “Pepe el de Jun” cierran el acertado y justo reconocimiento a la memoria de estos ilustres olvidados, que con “Juanillo el Gitano”, al que se recuerda en una de las letras por granaína, y Manuel Ávila, maestro reconocido de Juan Pinilla, son parte muy importante del maltratado patrimonio flamenco de Granada.
© Paco Vargas. Marbella, enero de 2008
http://perso.wanadoo.es/pacovargas69/main.htm

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