Impacto económico de la crisis del COVID-19 en el mundo del flamenco
Para explicar brevemente la ruina
tan absoluta que se cierne sobre el flamenco deberíamos ver inicialmente por
qué es mas violenta la crisis provocada por el COVID-19 en este sector y por
qué se ceba indistintamente con el amplio espectro de artistas que conforman la
categoría del arte flamenco: bailaoras, cantaores, guitarristas, sean estas y
estos celebridades o sean meros trabajadores.
El flamenco es una música
eminentemente popular, cultivada desde hace más de dos siglos por las gentes
más humildes de Andalucía. Ya en los siglos XVIII y XIX encontramos letras
flamencas que hablan del hambre, la ausencia de libertad y las necesidades que
debían soportar estas gentes. No es de extrañar que algunos de ellos se echaran
al monte, y así, la historia del flamenco está llena de famosos bandoleros que
fueron, en su mayoría, cantaores: Tragabuches, Diego Corrientes o El
Tempranillo, por citar los más conocidos.
Estos antecedentes históricos nos
trasladan a un plano muy parecido en la actualidad. Si bien las condiciones
sociales han cambiado con respecto a los siglos referidos, hoy día existen numerosos
barrios que reproducen una situación de ‘guetos’ donde se agolpa parte de la
población más humilde en condiciones muy penosas. Desde falta de limpieza y
saneamientos básicos que sí se dispensan en barrios de clase media y alta,
hasta la terrible convivencia con la marginalidad y una tasa altísima de
absentismo escolar. A esto hay que añadirle la ausencia de formación,
conciencia de clase y motivación de los habitantes de dichos barrios. Estos lugares
suelen ser residencia de un amplísimo número de artistas flamencos: Las tres
mil viviendas de Sevilla, el Polígono de Cartuja en Granada, la Palmilla en
Málaga, el Barrio de Santa María en Cádiz, la Chanca en Almería, etc.
Se cultiva en estos barrios una
especial manera de vivir al día agitada por la ausencia de recursos y salidas
profesionales que permitan una situación de normalidad laboral y estabilidad
económica. Si a todo ello le sumamos un entorno poco propicio para
concienciarse en cuanto a la necesidad de estar dado de alta en Hacienda y la
Seguridad Social, la desprotección laboral con la que actúan estos artistas es
muy grande y produce una gran dificultad a la hora de justificar el tiempo que
llevan ejerciendo su profesión. Añadamos también los sueldos que perciben estos
artistas, la mayoría trabajadores fijos en tablaos, bares de música, cuevas
flamencas o grupos que actúan en las plazas y calles de las ciudades. Aunque la
situación cambió hace unos cinco años debido a una oleada de inspecciones de Hacienda,
todavía son muchos los artistas que ejercen su profesión sin estar dados de
alta en la SS.
Esta situación descrita se ha
producido durante todo el siglo XX en el mundo flamenco. En los años 70, 80 y
90, la gran mayoría de los artistas flamencos que dejaban de actuar debido a
una enfermedad o a la merma de sus facultades, podían subsistir a malas penas
gracias a los homenajes y festivales benéficos que se realizaban en su honor.
Algunos de ellos, se realizaban para figuras que habían recorrido el mundo
entero y habían pisado los escenarios más conocidos del planeta pero que jamás
habían conseguido que cotizaran por ellos ni en los tablaos madrileños, ni en
México, ni en EEUU, ni en Japón... Los flamencos han sido siempre un grupo
especialmente desprotegido en materia laboral, a merced de los representantes
especuladores que se aprovechaban de su analfabetismo y su buena voluntad, para
explotarlos y, llegado el momento, dejarlos desamparados. A principios de los
80 se creó ITEAF, la asociación de la tercera edad para artistas flamencos, con
el fin de recaudar fondos para compensar las incipientes pagas de jubilación
que les habían quedado a estos artistas después de tantos años dedicados al
flamenco.
Ante esta realidad, la
cancelación indefinida de las actuaciones con público es una grave amenaza
contra la población más vulnerable del mundo flamenco, es decir, amenaza a un
buen número de artistas que nunca han estado dados de alta en la SS y, por
tanto, no podrán acogerse a ningún tipo de ayuda. En Granada, ciudad desde la
que escribimos, alrededor de un 65 % de las personas que se dedican al flamenco
dependen directamente de las cuevas, tablaos o bares musicales, frente a un 35
% que desarrollan su actividad en teatros, peñas flamencas o festivales
internacionales. En ambos casos la situación provocada por el COVID-19 supone
la suspensión de toda actividad y, por lo tanto, la precarización del sector,
pero el primer grupo es más vulnerable ya que, debido a los bajos ingresos de
su actividad y a una generalizada forma de ‘vivir al día’, la crisis los azota con más
virulencia, frente a los segundos que, por norma general, viven con mejores
cachés, altas en la Seguridad Social y además de tener ahorros, pueden
beneficiarse de las ayudas que se ofrecen para autónomos por cese de actividad.
Estas circunstancias han
provocado que una amplia mayoría del primer grupo estén viviendo en una
situación de pobreza inaudita y comen de lo que se procuran a través de la Cruz
Roja, bancos de alimentos y los Servicios Sociales municipales. Esta situación
podría ser soportable si no se dilata mucho en el tiempo, pero los informes de
los expertos hablan de que las actividades con público no se normalizarán en un
periodo inferior a un año, con lo cual la situación puede ser desastrosa y
hundiría en la miseria más absoluta a este mencionado sector.
Por otro lado se encuentra el grupo de artistas que desarrollan su actividad principalmente en teatros y en giras internacionales. Este grupo, entre los que se encuentran los más conocidos, ha sufrido cancelaciones millonarias a las que hay que añadir las pérdidas y los sobrecostes de vuelos, hoteles, guías, traductores, empresas de iluminación, vestuarios, sonido, management y todo el larguísimo etcétera de vicisitudes propias de las grandes compañías y de las producciones de los espectáculos. Estas compañías tienen en nómina a un alto número de artistas y de técnicos, lo que supone también la paralización total de cuantas actuaciones y ensayos tuviesen contratados. Algunos de estos artistas han abandonado su residencia actual (Madrid, Sevilla o Barcelona, fundamentalmente) para volver a sus hogares familiares ante la previsión de encontrarse varios meses sin ingresos y no poder afrontar los gastos de alquiler tan elevados. La crisis afecta a todas y a todos, sin distinciones.
Ante tal situación, un nutrido
grupo de artistas flamencos liderados por Marina Heredia, Arcángel, Dorantes o
Eva Yerbabuena ha creado ‘Unión Flamenca’, una asociación de artistas
flamencos profesionales que pretende acceder a las reuniones con
representantes del Ministerio de Cultura para elevar a las más altas esferas
las reivindicaciones de este sector, así como dar visibilidad a las situaciones
más vulnerables. No obstante, las previsiones son muy pesimistas y nada hace
presagiar una salida airosa a los numerosos problemas que plantea el mundo del
flamenco. A todo ello debemos unirle la reflexión de que hablamos de una
subdivisión de la música, que es muy amplia y abarca un amplísimo abanico de
estilos. Ninguno de estos gremios de músicos presenta particularidades tan
especiales como el del flamenco, debido a la situación de marginalidad de gran
parte de sus integrantes.
La situación es alarmante y se
avecina aún lo peor. Hasta que dentro de unos meses no se regularicen de
nuevo las agendas culturales, los conciertos y las actividades de los tablaos.
¿Cómo subsistirán la mayoría de estos artistas durante todo este tiempo? ¿Qué
caben esperar ellos si no es la caridad? La caridad en esta situación puede
ayudarlos a comer, pero no deja de ser insultante que aquellos quienes
representan lo más genuino de un arte considerado patrimonio inmaterial de la
Humanidad, subsistan de la limosna y en condiciones de posguerra. No se puede pedir sacrificios a quienes no tienen nada más que su voz, sus manos y sus pies para ganarse el pan diario. ¿Debería la
UNESCO ayudar al sector? El panorama se avecina terrible y son grandes interrogantes a los que contestaremos
dentro de unos meses.
Juan Pinilla Martín. 28/04/2020